Columnas

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20 noviembre, 2014

Gracias por la pasta base, Carolina Tohá

Por

Hace un par de años –y por motivos que no vienen al caso- me hice muy amigo de las ferias libres. Primero, como muchos, fui uno de los “caseros”, ya saben… Moviéndome entre cachureos, fingiendo desinterés por aquello que tanto había buscado, regateando por lo que necesitaba desde hace tiempo pero cuyo valor me mantenía a distancia de la oportunidad… Para luego –con absoluto orgullo- pasar a ser uno más de la comunidad de “los de la lleca”. Cada día que podía, extendía “mi pañito” sobre el cual se podían encontrar libros, comics y algo de ropa de la estación.

En un comienzo tuve muchas dudas, no he de negarlo. Siempre se hablaba de las ferias como lugares de riñas y problemáticas y, pese a que no era lo que yo conocía, no dejaba de inspirarme algo de desconfianza.

El primer día que me instalé en la ya desaparecida feria de la Plaza Brasil recibí fruta y agua por parte de un desconocido, además de buenas charlas y mucha camaradería. Cuando otro vendedor de libros se me acercó, en vez de increparme por competir contra él, me saludó de buena gana y pasamos la tarde ñoñeando sobre autores e historias que quisiéramos que más gente hubiera disfrutado. Fue así como conocí al Profe.

El Profe era uno de muchos que –si bien más que apto- se encontraba cesante desde hacía mucho tiempo, cosa que sumada a una hija enferma de gravedad, lo habían llevado a deshacerse de sus tesoros. No siempre quedábamos uno cerca del otro, pero siempre, semana a semana, nos saludábamos y compartíamos unas latas de cerveza mientras hacíamos recomendaciones a los jóvenes lectores, sonriendo por ese placer que entrega la no dependencia y el orgullo de hacer algo que nos hacía felices… Pero no todo era alegría. Ambos –y en más de una oportunidad- nos habíamos visto expulsados y multados por carabineros, y la posibilidad de perder la principal fuente de ingresos era un miedo que bombardeaba de forma constante al Profe y ¿por qué no decirlo? A mí también. Claro, el caso del Profe era mucho más complicado, las medicaciones y el tratamiento de su hija –en un país como este- significaban esfuerzos sobrehumanos por su parte y yo no podía dejar de sentir un poco de lástima por él y su situación. Estos miedos no duraban mucho, ya que apenas algún “casero” nos escuchaba hablar del tema, se acercaba para decirnos que eso no pasaría, pues “había que ser weón pa’ reclamar por algo que a todos nos conviene”, como lo era la feria.

Cierta mañana que me topé con el Profe entre los coleros del parque Portales, pude ver que se veía en extremo contento, las noticias buenas habían llegado su vida: por una parte la salud de su hija mejoraba ¿qué podía ser mejor que eso? Pues nada. Y si a eso le sumaba las prontas elecciones municipales, pues eran pocas las razones que tenía el Profe para no sonreír. Verán, para quienes no recuerden (o no les haya interesado), la municipalidad de Santiago estaba en manos de la coalición de ultraderecha (UDI-RN), por lo que el trabajo callejero se había vuelto cada vez más complicado, razón que llevó a la centro-derecha (llamada Concertación) a ponerse el obsesivo objetivo de recuperar la comuna a como diera costa. Y no era raro ver a la postulante a alcaldesa, la señora Carolina Tohá, recorriendo los barrios con sus puerta-a-puertas junto a sus colaboradores, conversando con la comunidad sobre sus problemáticas e intereses. ¿Cómo ayudaba esto al profe y a todos los feriantes? “Sencillo”, como me dijo él, “porque hablamos y me reconocieron el valor del trabajo honrado y de los tradicionales coleros; ella va a proteger a los feriantes, porque se preocupa de la gente”. Y ¿saben algo? Me sentí bien.

Y así hasta que llegó el día de la votación… El (ex) alcalde Zalaquett dejó la municipalidad… Y de pronto, carabineros “dejó” de molestar (un poco) a los feriantes y coleros. La plaza Panamá, la Brasil, en Portales, la Yungay… Por todo Santiago Centro los vecinos que necesitaban dinero y no podían pagar las (degeneradas) patentes salían a las calles, a tomarse los espacios públicos y recuperar algo de la dignidad que un modelo violento les había robado. Ese breve periodo ha de haber sido uno de los más alegres de mi vida. No por el hecho de poder “tirar un paño”, sino por lo que acabo de decir: la recuperación de espacios, de dignidad, de libertad y autonomía… Sí, o al menos lo fue… Hasta ese día.

Fue un sábado.

Recuerdo que entré a un supermercado a pedir unas bolsas a los empaquetadores antes de llegar a la plaza Brasil y una de ellos me miró con… Una extraña mirada de tristeza, de incomodidad. Seguí mi camino y de pronto entendí la mirada del empaquetador; una sensación de angustia me embargó: En mitad de la plaza, vehículos de carabineros y muchos, muchísimos efectivos policiales resguardando “la seguridad” de los vecinos, impidiendo con multas y detenciones a cualquiera que intentase tirar su pañito… En los alrededores de toda la plaza, rostros tristes de mujeres demasiado mayores para obtener empleo, madres solteras y chicos independientes observaban sin poder creer lo que ocurría… Más de una lágrima que nadie quiso ocultar se hizo presente ante las risas y chistes de “las fuerza del orden”. Cuando pregunté a uno de los oficiales “¿qué onda, por qué hacen esto?” él respondió “por orden directa de la municipalidad”. Recuerdo a un “criminal” vendedor de tacos vegetarianos al cual se llevaron detenido y cuyos productos fueron arrojados al suelo mientras hacían alusión a su “marginal condición”. Intento no recordar a una mujer que se parecía a mi abuela, llorando porque eso significaba que no tendría para comer…

Corrimos, sí, corrimos, pero no huyendo sino buscando llegar a la plaza Yungay para instalarnos y salvar el día. Corrimos y corrimos sólo para descubrir lo que vaticinaba un futuro peor: más carabineros prohibiendo cualquier clase de feriante. Uno de los vecinos –desde una panadería- salió a repartirnos empanadas gratis. Con rostro triste y una voz resquebrajada que apenas pudo soltar un “lo siento” nos dio un regalo y se retiró. Comimos en silencio y esperamos que se alejaran de la plaza. A eso de las ocho de la noche, con la plaza aún llena de carabineros, partí al hogar. Recién en casa, intentando conciliar el sueño, me pregunté que sería del Profe. Luego de eso, la historia fue la misma. Cada semana, desde temprano, uno podía ver a los carabineros patrullando las plazas y parques para evitar que “esos flaites que no pagan impuestos” siguieran con “su criminalidad”. Los espacios recuperados, ya no lo eran más. La lucha de la alcaldesa por destruir la posibilidad de trabajar de forma autónoma, la lucha “por el orden y la seguridad” se había declarado. Y gracias a la brutalidad de sus carbineros, estaba ganando.

Meses después, de vuelta de una reunión por los alrededores del barrio Mapocho, me topé con el Profe. Se veía mal, muy mal. Me saludó, lo saludé. “¿Sigue yendo a la feria?”. Apenas negó con la cabeza… No quise preguntar por su hija. Con manos tiritonas y evidente vergüenza sacó unas papelinas de su bolsillo y me ofreció pasta base, su nuevo ingreso, uno por el que no era acosado por la municipalidad. Al igual que él, sin decir algo, negué con la cabeza… Le regalé una leche que había comprado para mí inventando que la había encontrado pero que mi (falsa) intolerancia a la lactosa me impedía tomarla. Bajó su rostro enrojecido y la aceptó. Sentí un nudo en la garganta. Estoy seguro que al día de hoy sigue siendo un gran profe, aunque no haya alguien a quien se lo pueda demostrar. Nunca más lo volví a ver.

El recién pasado domingo (16 de Noviembre) –como muchos ya han de saber- ocurrió otro (violento) desalojo a los feriantes de la ya tradicional feria de las pulgas del parque Forestal y no dejo de pensar en el Profe.

Camino de vuelta a casa y cierto olor químico golpea fuerte; veo los chispazos de los encendedores en la obscuridad, esos que se esconden bajo afiches de una alcaldesa que, al ser elegida, ni siquiera se preocupó de retirar. Una niña que no tiene ni quince años me pide una moneda “pa’ fumar unas weás”… Trato de fingir que no es así, pero me lleno de rabia. A duras penas me aguanto. Sus ojos reflejan la absoluta falta de esperanza; por un instante recuerdo al Profe… Me dan ganas de llorar.

– Visto en Facebook. Escrito por Eduardo Vega Rodríguez.

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10 noviembre, 2014

Crítica: Perdida

Por

Si no ha visto la película Perdida o Gone Girl, y quiere ir a verla, francamente no siga leyendo porque voy a contar detalles que sería mejor no saber antes.

Si ya la vio o no pretende verla, siga.

Perdida se articula como tres historias en una. Y desde el principio, nos presenta un guión y personajes lleno de matices, como el matrimonio entre una chica perfecta llamada Amy: cool, snob, sexy, rubia y -de nuevo- cool. Y un marido seductor llamado Nick, que quiere ser escritor pero que, finalmente, se decide por la academia. Un personaje literario infantil, un diario de vida, una detective y un caso con demasiadas aristas como para ser simple, son las las piezas que componen este puzzle que de a poco se va armando.

Por un lado, tenemos la historia de un matrimonio y los altos y bajos de su vida en pareja. Altos y bajos que vamos viendo por los saltos temporales que hace Amy, la narradora de esta película. En su diario, Amy anota los detalles de una vida aburrida, en que ya no hay amor ni esperanzas para su relación con Nick. Por otro lado, ella sabe que él la engaña y que todas las promesas que alguna vez se hicieron, quedaron flotando junto a las novelas que Nick nunca escribió.

Por otro lado, tenemos la desaparición de Amy. Un caso lleno de cabos sueltos y de ideas preconcebidas que mantienen el suspenso. Todo apunta a que ha habido un asesinato cuyo principal sospechoso es Nick. Pero ni el público que ve la película ni la detective que sigue el caso, creen esto. Pues hay un halo misterioso que rodea a esta pareja. Lo que pasa puertas adentro; lo que Amy ha tenido que vivir, es muy distinto a un asesinato, pero hasta cierto punto, Nick la ha quitado todo de sí. Y eso, nos predetermina a sospechar de la película y de la misma Amy.

Como tercera variante, existe una suerte de intervención mediática que tiene que ver con la exposición pública del caso. Así, ciertos personajes importantes de la televisión, opinan y mediatizan este “secuestro”, haciendo un reality show del drama que vive Nick. Este tercer elemento le dará humor al guión, sacándolo de la atmósfera densa y lúgubre que se vive dentro de la casa de Nick y Amy.

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Ahora, creo que el final de la película, aunque ate todos los cabos, se cae. Pierde algo de esa “sensación de buena película” que tiene, sobre todo en la primera parte. Se me hace inverosimil que, después del plan perfecto que Amy traza; de su escape y de su venganza letal hacia su marido, de pronto, todo vuelva a una normalidad cool, mediada por la manipulación y la psicopatía de ella. Me suena a que intentaron hacer circular una relato que al final, para mi gusto, pierde consistencia, en ese afán de hacer como que todo fue un juego. Un juego de un matrimonio aburrido de ser ellos. Un matrimonio que quiso ser otro y que no lo logró.

Creo que, lo más interesante de esta película, es lo que se esconde tras el diario. Las observaciones -aunque clichés- de Amy, sí le dan algo de realidad al guión. Y pasar por alto esos detalles; las frustraciones de ella, el hecho de que él no haya querido tener hijos, que ninguno de los dos haya sido alguien, a pesar de las expectativas.

Y bueno, obviamente el montaje del asesintato que hace la chica, me parece falso, a la hora de decidir un final. Pues ¿quién quiere vivir con una sociópata que estuvo a punto de morir -o matar- para ejercer un castigo ejemplar hacia su marido? Prefiero quedarme con la primera hora de película que me mantuvo pegada al sillón. O con que, tal vez la novela homónima, si funciona mejor como guión de esta historia.

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De abducciones, literatura boliviana y Liliana Colanzi

Por

A Liliana Colanzi la conocí el año pasado en el lanzamiento de Los Muertos de Álvaro Bisama. Carla, la mujer de Álvaro, nos presentó, y ese mismo día, nos regaló un anillo con un gran diamante azul con forma de corazón. “Ustedes son parecidas, creen en las mismas cosas”, nos dijo ella. Casi un año después de eso, tuve la suerte de leerla. Estaba en el destino, teníamos que compartir un anillo con un diamante azul. Creemos en las mismas cosas. Carla tenía razón.

La Ola (Editorial Montacerdos) es un libro de cuentos; 7 para ser exactos. Y desde el principio, la prosa de Colanzi te abduce en su forma de enfrentar cada historia. Realmente estás ahí, con ella; observando y captando lo que sus protagonistas sienten. La autora se mueve segura. Sabe donde va. Rompe los equemas y se conecta, como medium, con una voz profunda, que le dicta secretos proféticos que aquí nos son revelados.

Como cajas chinas, la autora maneja varias historias paralelas, que se despligan como mandalas; siempre en control, siempre dirigidas hacia epifanías, meticulasamente trabajadas, que presiento, son la fuerza de sus cuentos.

Porque si hay algo que decir de La Ola, es que es un texto que se construye a través de fuerzas subterráneas, que la autora saca a colación. Y que dirige como reflexiones o como imágenes o como una “buena o mala energía”, que creo, alcanza un tono profundo. Una literatura que se conecta con voces del más allá y del más acá. Personajes y momentos llenos de simbología.

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El imaginario de La Ola, además, está plagado de rarezas; de particularidades; de luces extraterrestres, contacto con otros mundos, espíritus y presencias que, con voz propia, transitan por el texto desde  chamanismo, las tradiciones indígenas, los viajes y más viajes, extranjería y extranjerismo.

Además, todo esto está plagado del factor humor que creo, es el quinto elemento de este libro. Pienso que La Ola es altamente recomendable. Y hay que seguirle la pista a esta chica que seguro, podría formar una secta, algún día, en alguna estrella cercana.

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30 octubre, 2014

De los monstruos, nuestros miedos y la TV

Por

Sigo sumida en un mundo de series. Primero fue Breaking Bad, antes The Walking Dead y ahora, The Killing. En un mundo de asesinatos, de profesores de química que venden metanfetamina y de muertos vivientes, últimamente, me he sentido un poco irritable. Tal vez asustada. Y por suerte que no estoy viendo ninguna serie con aliens porque creo que, ahí sí que estaría realmente afectada.

El primer síntoma fue el desvelo. No poder dormir durante varias noches pensando en cómo podía terminar la temporada. Me quedaba pensando en los capítulos. ¿Cómo las personas se podían transformar en monstruos? Y aunque sólo The Walking Dead tiene real zombies, creo que lo menos terrorífico en este caso, son los muertos.

De a poco me di cuenta de que tenía miedo. Miedo al mal. A lo malo y perverso que hay en el mundo que nos muestran las series, tan real y parecido al mundo que vivimos.

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Y aunque no sea un profesor/dealer.

Ni un detective que busca cadáveres de niñas en las lagunas.

Ni un zombie.

La costumbre del mal. De la oscuridad. De la violencia, finalmente se convierte en lo común. Una pierna cortada más, una pierna cortada menos, ya no hace la diferencia. Estas series han tenido éxito mundial, y millones de espectadores porque, aparte de construir guiones y personajes terriblemente humanos; sangrientamente humanos; en los tres casos, la violencia es el motor de búsqueda. Es el modo de sobrevivir. Y creo, también, es un signo claro de los tiempos y los terrores del conjunto.

Porque al estilo de La Carretera de McCarthy, el terror tiene que ver con cuán monstruosos podemos llegar a ser cuando nos enfrentamos a una situación extrema -o no tanto- como se da en The Walking Dead.

Por otra parte en The Killing, los policías pueden llegar a ser los peores asesinos y, aunque eso no sea nada nuevo, me pregunto una y otra vez: ¿por qué? ¿Por qué matar niñas? ¿Por qué abandonarlas en un lago? ¿Cómo se puede ser policía y un asesino en serie y un padre de familia, 24/7?

En el caso de  Breaking Bad, la pregunta sería: ¿para qué? Ese más y más de Walter White, que nos lleva siempre al absurdo de la ambición y la imposible satisfacción del deseo.

En fin, sobre monstruos hay mucho escrito y, aunque estamos en el mes de terror -sobre todo en los canales de televisión- sigo pensando que la monstruosidad es una parte real y activa de las personas.

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LSD

Se acuerdan de ese tipo que se dibujó después de haber probado un montón de drogas. Bueno este experimento es muy parecido pero sólo ocupando LSD militar (muy difícil de conseguir) y ademas un montón de años atras.

Esta vez el experimento no tenia un uso “creativo” o recreativo con las drogas. En los años 50 el gobierno de estados unidos realizo una serie de pruebas con los militares para entender los efectos psicológicos del LSD-25 (en esos años el LSD era una droga relativamente nueva) y ver que usos militares podría tener la droga.
En ese tiempo no entendían mucho como un droga podría alterar procesos del pensamiento y el sentido del tiempo en los seres humanos.

Para el experimento al paciente le dieron una caja llena de lápices y diferentes dosis de LSD 25.
1. 20 minutos de la primera dosis
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2. 85 minutos de la primera dosis

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3. 2 horas, 30 minutos y además hace 10 minutos se tomó una segunda dosis
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4. 2 horas, 35 minutos
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5. 2 horas, 45 minutos (Paciente se altera facilmente y no puede reproducir muy bien sus palabras)
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6. 4 horas,20 minutos (el paciente luego de pasar 2 horas acostado en el piso pensando, se levanta y dibuja esto)

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7. 5 horas, 35 minutos ( el paciente continuamente se mueve por la pieza y comienza a decir que siente de de nuevo su cuerpo)

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8. 8 horas ( el paciente se siente cansado y sólo se quiere ir a su casa)

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