La artista de 27 años fue la primera en ganar la beca mundial Women ‘s Scholarship de la academia Icon Collective de California, Estados Unidos, mientras que también figuró como la primera mujer en graduarse de dicho establecimiento con la máxima distinción. En conversación con POUSTA, Gisela Lindhorst relata cómo construyó un nombre tanto en la escena nacional como la internacional, a través de una propuesta escénica en la que rodea su tornamesa de muñecas Barbie, a las cuales les da un significado propio sobre feminismo.

Cuando Gisela Lindhorst (OHMYGi) se levanta por las mañanas, una de las primeras tareas que hace es revisar sus cartas del oráculo y el tarot. “Me dicen mensajes que tengo presentes durante el día”, dice en entrevista con POUSTA, “después me siento a escribir”.

La DJ chilena de 27 años llegó a Los Ángeles en 2019, luego de convertirse en la primera en ganar la beca Women ‘s Scholarship de la academia de producción musical Icon Collective, ubicada en California, Estados Unidos, recinto académico del que se graduó con distinción máxima y en el que también figuró como la primera mujer de su género en ganarlo.


Si bien, desde pequeña disfrutó de la lectura y de crear CD ‘s recopilatorios con canciones de artistas como Kesha, entre otros, sus intereses antes de llegar al centro neurálgico de la industria de la entretención, el cual reúne a personas de todo el mundo que apuestan por una carrera artística, eran muy distintos.

“Toda mi vida soñé con estudiar medicina. Estudié heavy para la PSU, pero no me dio ni cerca para las universidades que quería. Me dio tanta rabia”, relata, “así que pensé que si no se me dio, en volada no era para mí”.

Con la intención de conocer más acerca de otras carreras profesionales, en 2013 entró a college de ciencias sociales en una prestigiosa universidad de Santiago, pero aquello tampoco la convencía. Un día de ese mismo año, su mamá la llamó y le dijo “pillé un curso de DJ, ¿no te interesa?”, fue ahí cuando Gisela quiso profundizar en la afición de “coleccionar canciones” que tenía desde pequeña.

En esos tres meses en la academia, aprendió a reconocer distintos BPM (tiempos musicales) para entrenar a su oído, un ejercicio que si bien le pareció frustrante en un inicio al no tener formación previa en el área, también la enamoró, ya que “era una actividad realmente desafiante”.


Pero ese no fue el único desafío que tuvo que enfrentar, más bien, era solo el primero. Cuando terminó el curso, lo que más quería era salir con su tornamesa para actuar en vivo, pero según comenta, nadie la invitaba, debido a que era nueva en el circuito y a que “en esa época pasaba un poco que si eras mujer y querías tocar, tenías que ser muy buena, mientras que yo estaba recién aprendiendo”.

Así que dijo: “Bueno, si no tengo un espacio, voy a tener que construirlo yo”.

De esta manera, se unió con DJ Inguerzon para iniciar un ciclo de fiestas semanales en un pequeño club de la zona oriente de Santiago.

“Se llamaban House & Bass, porque al inicio poníamos ese primer género y después el pulso iba aumentando durante la noche, hasta llegar al segundo u otros más agresivos como el dubstep”, cuenta, “recuerdo que al inicio no llegaban más de 15 personas y eran todos nuestros amigos”.

Con el paso de las semanas, aquel limitado grupo se fue ampliando progresivamente, hasta que tuvieron que trasladarse a un nuevo recinto con más capacidad en la comuna de Providencia. “Y ahí se armó”, destaca, “la gente llegaba tempranito a bailar y a medida que tomaban se iba prendiendo, se armó una escena muy bacán”.

Como impulsores de un proyecto que atraía cada vez más jóvenes capitalinos, se percataron de que también podían apostar por traer artistas internacionales, por lo que no dudaron en gestionarlo.

“Partimos trayendo gente de Argentina y Brasil, de países cercanos, porque eran buenas redes y después esa mano se devuelve, es como un ‘yo te invito y después tú a mí’”, dice.

Así, conocieron al DJ británico Matt Ashley, quien se encontraba en Argentina coordinando una serie de fiestas en la ciudad de Buenos Aires. Esa fue la puerta de entrada para que luego trajeran a artistas de otras partes del globo, tales como el productor texano Must Die!, y se sumaran a ellos como parte de un tour que contemplaba, generalmente, a Chile, Argentina y Brasil.

Desde sus 19 hasta sus 22 años, Gisela ya se había ganado un espacio seguro en numerosos eventos, pero todavía no desarrollaba completamente una estética característica. Eso vino después, cuando decidió poner un ejército de barbies alrededor de su tornamesa.

“Desde chica me encantaban y quería darles un uso. Fue un aspecto icónico y me ayudó mucho, porque la gente no se aprendía mi nombre, pero sí me conocían como ‘la DJ de las barbies’”, expresa la artista que ha tocado en festivales tan prestigiosos como Creamfields, “tienen todo un sentido simbólico para mí”.

¿Que detonó que las empezaras a usar en vivo?

“En una de esas fiestas semanales trajimos a Must Die! e hicimos una escenografía con elementos significativos para él, como Pokemón y los gatos. Me gustó mucho el concepto, así que para el siguiente evento las llevé y las puse en el escenario cuando me tocó subir”.

Esa vez, ¿sentiste alguna diferencia en relación a los eventos anteriores?

“Lo sentí muy distinto. En esa época no había tantas mujeres DJ, sí en otros géneros, pero no en el bass. Es verdad que hay prejuicios hacia la participación femenina en la música. Yo misma tenía sujetos atrás pendientes de si me equivocaba y antes de tocar me cambiaban todo el seteo en el mixer, son situaciones reales, pero en el momento en que puse las barbies, sentí que ese espacio era mío, completamente femenino, como si ellas me apoyaran y fuésemos muchas”.

¿Cómo crees que lo interpretó el público?

“Me di cuenta de que ya no importaba quién era yo, las personas se concentraban en las barbies, en esa relación de cuando eres chica y tienes recuerdos, lo que importaba era que las tenía y que hacía música. Recuerdo que cuando terminé, salí a fumarme un cigarro y se me acercó una tipa a decirme lo mismo que yo sentí, pero lo formuló de una forma en que para mí, marcó un antes y un después en mi carrera. Desde ahí no las solté”.

En los siguientes eventos, ¿siempre llevaste las mismas?

“Cuando llegué a escenarios grandes, me pasaba que si se caían, se las llevaban, me las quitaban o yo misma las tiraba al público. Incluso, después la gente me empezó llevar barbies de regalo para poner en el escenario, así que terminé con caleta, que a medida que las iba usando y perdiendo, también las iba recuperando”.

Considerando las críticas históricas a estas muñecas, ¿pensaste que se podría haber malinterpretado tu mensaje?

“Es loco igual, porque hay gente que le carga el concepto de la barbie, porque la muestran como si fuese un modelo sobre cómo tienes que ser, pero ahora hay de distintos tipos. Este año sacaron la barbie productora musical y casi me muero, obvio que la tengo, pero en el fondo trato de romper ese estereotipo. Yo estaba sacándola de ese concepto para llevarla a un escenario con música intensa”.

¿Cómo era la participación femenina en Icon Collective?

“Había muy pocas. De hecho, tuve que hacer amigas en otros cursos. Después, cuando me tocó la modalidad online, éramos 3 mujeres de un total de 21 personas. Aún así, cada vez somos más. Cuando eres parte de un grupo minoritario, sientes la obligación de mostrar lo mejor de ti y eso puede ser un poco frustrante, pero en general el ambiente era abierto y nos ayudábamos. Es mejor no ponerse tanto esa presión”.

Recientemente publicaste “I’m Danger”, el primer sencillo de tu álbum Danger In Pink, ¿qué puedes contarnos sobre el disco?

“Es bien ecléctico y muestra diferentes facetas del empoderamiento femenino desde distintos ángulos. Ese tema nació de un poema que dice, ‘I’m danger when we walk, I’m danger when we talk’ y al inicio solo iba a ser una intro. Si bien, ese es más oscuro y bass, el próximo es completamente pop y R&B. Cuando me siento a hacer música, no tengo nada previamente planificado, voy viendo en el camino”.

¿Cómo es tu relación con la escritura?

“Tengo una fascinación. Mucho de lo que escribo nace de cuando estoy leyendo. Cuando hice ‘I’m Danger’ estaba leyendo Untamed de Glennon Doyle, en donde la autora habla sobre su experiencia como mujer en una sociedad represiva. Escribo a diario, incluso mis sueños. Me ha servido mucho, eso lo aprendí de The Artists Way de Julia Cameron, libro en el que da millones de consejos y parte pidiéndote que escribas tres páginas todos los días. Desde que partí haciendo eso, decidí no dejarlo”.

¿Sobre qué escribes?

“Experiencias personales y autobiográficas. Reflexiono en torno al empoderamiento de las personas en general, me gusta la idea de que la gente se sienta poderosa alrededor de la música. El tercer single a publicarse habla mucho de eso, de sentirme sola tratando de cumplir mis sueños contra las adversidades”.

¿Cómo viviste el estallido social desde Los Ángeles?

“Siempre he ido a las marchas feministas con mis amigas. El estar acá fue frustrante, por el hecho de pensar que en mi país estaba quedando la embarrada y que yo estaba acá, tratando de cumplir mi sueño. De repente lo sentía incoherente, pero pensé que si puedo tomar acción, quiero que sea a través de la música. ‘I’m Danger’ es un poco eso, eres poderosa en la medida en que juegues un rol activo. Esto es clave para las próximas generaciones de niñas que quieran hacer música u otra actividad, para que así tengan acceso sin tantas dificultades. Estamos en el 2022, cortemos el webeo por favor”.

Danger In Pink, el álbum debut de OHMYGi, se estrenará a mediados de junio a través del sello internacional Matter of Taste, lanzamiento que la llevará a recorrer Estados Unidos en un tour que aún no confirma oficialmente todas sus fechas.