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Editorial: Por qué #NiUnaMenos fue un acto histórico y necesario

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Nunca olvidar: el 19 de octubre 80 mil chilenxs salieron a decir basta a la violencia de género.

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Como nunca antes, la marcha en Plaza Italia se sentía como un lugar seguro. Ni siquiera en las míticas manifestaciones por la educación, los derechos reproductivos de las mujeres, las diversidades sexuales, o la legalización de la marihuana, fue así. Menos si pensamos que de noche es otra la sensación que te da. “Trata de irte altiro y rápido, no pases por el Forestal porque te pueden molestar. Siempre por la luz. Y avísame cuando llegues”, son recomendaciones que nos damos entre féminas cuando volvemos solas de los carretes en Bellavista, por ejemplo, porque también cabe la posibilidad de que alguna de nosotras no llegue a destino.

Pero un 19 de octubre no fue así. Nos miramos con cariño y sin miedo, caminando por la Alameda, aunque lamentablemente horrorizadas por lo que ha estado pasando en Latinonamérica y que parece no tener final. Un continente fundado en la violencia, primero contra los pueblos originarios y después contra las minorías asentadas en América, que ha esparcido el germen de la agresión como una pandemia. Si bien no es un problema exclusivo de América (bajo ningún punto de vista podemos olvidar lo que pasa con las niñas que son obligadas a casarse en Medio Oriente y África), llegamos a un punto en que no podemos no sentir más que rabia e impotencia. Porque nos siguen agrediendo, insultando y matando.

Sólo por ser mujeres.

Imposible de cuantificar en cifras: a la mayoría de las mujeres chilenas nos han acosado en las calles desde pequeñas. Primero son los uniformes escolares, heteronormados hasta decir basta, los pantalones apretados, las faldas, las botas altas. Incluso si es que estamos vestidas de monos de nieve: si existe algún rasgo que nos marque como féminas, lo más seguro es que nos hayan gritado un “mijita rica”. Pero esa es la punta del iceberg.

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Según la ONU, el 35% de las mujeres en todo el mundo han sufrido violencia física y/o sexual por parte de su pareja o por parte de una persona distinta a su compañero sentimental a lo largo de su vida. Algunos estudios en Chile también señalan que el 70% de las mujeres ha experimentado este mismo tipo de violencia.

Saber eso nos deja preocupadas, pero tuvo que pasar que murieran varias mujeres y de formas más-que-atroces para que comenzaramos a manifestarnos.

Argentina perdió la cabeza con Lucía, la joven de 16 años que fue drogada, empalada y violada hasta a la muerte por un grupo de hombres. Dejaron su cuerpo en un centro asistencial y lo intentaron hacer pasar como una sobredosis. Pero la brutalidad de sus acciones los dejaron al descubierto y su caso ha sido catalogado como uno de los femicidios más brutales en la historia del país. En Chile, Florencia, de 9 años, muere en manos de su padrastro, quien la descuartizó, quemó y enterró en su propia casa.

Sin ir más lejos, nadie en esta nación se va a olvidar de Nabila Rifo, atacada presuntamente por su pareja, quien la dejó con múltiples fracturas y sin globos oculares. Tan solo en Argentina van a la fecha 226 femicidios y en 2015 fueron 236; en nuestro país, con una población 60% menor al de la nación vecina, ya llevamos 27 víctimas a la fecha.

¿Hasta cuándo? ¿Hasta que nos maten de las formas más horribles? ¿Hasta que nos agredan hasta dejar marcas irreversibles en nosotras? Y ni siquiera estamos buscando culpables, porque los conocemos. Es nuestra herencia machista, que siempre ensalzó como héroes a hombres y dejó a la mujer en segundo plano. Es el legado del patriarcado y la doctrina religiosa, que puso en el spotlight la figura masculina como la todopoderosa. Es la mala educación, que aún separa entre hombres y mujeres los quehaceres y las actividades. Es el afán separatista y binario.

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Las mujeres caminando, que en Santiago fueron alrededor de 80 mil según los organizadores, las 30 mil en Buenos Aires y otrxs miles en distintos puntos de ambos países, hablaban entre ellas sobre las situaciones horribles por las que han pasado, como sus padres, sus hermanos y sus amigos más de alguna vez han sido el perpetrador de esa violencia por la cual estuvimos en las calles y como a veces somos nosotras mismas las que seguíamos prolongando, tanto con lo que callamos como con lo que expresamos.

Nos vestimos de negro porque tenemos pena, rabia e impotencia. Porque es una mierda salir a la calle sabiendo que te van a gritar algo; que un taxista, un obrero de la contru, o hasta tu propio profesor se sobrepase sexualmente; que tengamos que defendernos con insultos y patadas de aquellos que nos quieren hacer daño.

Caminamos porque ya no podemos seguir aceptando lo que nos pasa. Ayer marchamos una junto a la otra, jóvenes y adultos, por las que están, las que se fueron, las que vendrán. Por nuestras madres, hermanas, abuelas, tías, primas, amigas, polololas, esposas.

Sin miedo. #NiUnaMenos.

Fotos: Raúl Mella

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