Durante los nueve días de luto nacional decretados por la muerte de Fidel, el Estado prohibió la venta de alcohol y cualquier actividad recreativa en la isla, cosa que tiene a los turistas caminando desconcertados como sobrios zombies por las calles.

por Constanza Palacios, desde La Habana.


Rodolfo y Jessica caminan despistados por las calles de Trinidad (a 300 kilómetros de La Habana). Sus enormes mochilas y sus cámaras fotográficas los delatan como turistas. Llegaron desde Francia y esta es su primera vez en Cuba. A diferencia de lo que habían imaginado, no hubo mojitos de bienvenida para ellos al llegar. La muerte de Fidel Castro los tomó de sorpresa apenas aterrizaron en La Habana. Pero además, los sometió a una estricta ley seca de nueve días como parte del duelo nacional declarado por el Estado.

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Las vitrinas de alcoholes en los supermercados están vacías. Y en los restaurantes y bares hay letreros que advierten sobre la prohibición. “No podemos vender alcohol”, se lee a la distancia. “We can’t sell alcohol”, reza otro letrero en inglés.

Andan como zombies sedientos. Caminando confundidos. No es difícil encontrar turistas recién llegados preguntando dónde pueden encontrar fiestas, mojitos, daiquiris y toda la variedad de cócteles típicos de la isla. Pero no sólo está prohibida la venta de alcohol, sino también cualquier actividad recreativa. Incluso, la música en vivo. Es por eso que extrañamente, por estos días, las noches en Cuba son las más silenciosas de las que se tiene memoria. Muy silenciosas para un país donde la salsa, la rumba, el candombe o el jazz caribeño, suelen envolver las jornadas cotidianas de los residentes y los visitantes esporádicos.

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En los restoranes y locales nocturnos, las bandas salseras están ausentes. Y en algunos sitios, sólo se ven los instrumentos dispuestos para ser tocados por músicos que, por unos días, no podrán hacerlo. Los escenarios están vacíos, como símbolo tácito de un “minuto de silencio”, pero que en toda Cuba se extiende, en la memoria de Fidel, por nueve días.

Andrew Wilkinson, turista inglés, vino a Cuba junto a su novia. Ambos están sentados en el parque principal de Trinidad (el único lugar donde se puede alcanzar una señal de wifi por algunos minutos), y se preguntan qué hacer esta noche. “Ayer fuimos a cenar y luego fuimos a dormir, no había nada que hacer afuera”, dice con sorpresa y decepción. También es su primera vez en Cuba y confiesa que esperaba tener otro tipo de experiencias.

Así, durante nueve días, el pueblo cubano rinde homenaje a su Comandante en Jefe, Fidel Castro, y junto con ellos, los turistas, quienes –a favor o en contra- tendrán que privarse del exquisito sabor del ron blanco con limón, azúcar, un poco de soda y el toque de yerba buena.

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Mientras, en los restaurantes, las meseras explican que todos los lugares estarán repletos por las noches. “Las reservas están hechas desde antes y la gente igual viene a comer, pero no hay alcohol ni música”, explica amable una mulata.

Las callecitas de Cuba, que suelen tener un encanto difícil de describir, parecen haber perdido la magia que atrae a miles de visitantes cada año. Se respira tristeza. Se percibe el asombro del pueblo cubano. En sus rostros hay incredulidad. Mientras, la televisión transmite en cadena nacional todo el día informando a los cubanos dónde se encuentran los puntos de homenaje a Fidel en cada pueblo y ciudad. Y en la vereda opuesta, los turistas observan desde lejos y demasiado sobrios este fenómeno mundial e histórico que extraña pero acongoja.

Esta vez, el souvenir no podrá ser un Havanna Club. Son, probablemente, las noches más silenciosas de las que se tenga memoria en la isla.