SONRÍE. SONRÍE. SONRÍE. QUIERO QUE SONRÍAS. HAZLO SONRIENDO. ACTITUD ANTE TODO, SIEMPRE ACTITUD. QUE NADIE TE APAGUE. QUE NADIE TE QUITE ESTO. ESTO ES TUYO, ES TU SONRISA.

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Hay mucha positividad tóxica en tiempos de cuarentena. A veces a tal nivel, que en vez de generar efectos nocivos en nosotrxs, más bien nos da risa.

El problema es cuando esa positividad tóxica se mete en nuestra vida cotidiana, en nuestro inicio de redes sociales con mensajes tipo weona tú podí que no nos hacen mucho sentido y nos dan una sensación de que algo anda mal con nosotrxs.

Y el problema es, aún más, cuando proviene de nuestro entorno más cercano. De nuestros amigxs, familiares, personas en las que confiamos; con quienes esperamos sentirnos mejor ¿Cómo sabemos cuando son ellas el problema, y no nosotrxs?

Ahora vamos a eso.

Nachi: “Compartí en mejores amigos de Instagram que estaba mal anímicamente. Esperaba respuestas como vo dale ya saldrás de ésta, yo también me he sentido así, comentarios que unx necesita.

Una persona me pidió mi número para mandarme información que me serviría, yo dije ok, debe ser un pdf o algo así sobre psicología, neurotransmisores, algo útil, pero en vez de eso me envió libros de budismo. Francamente sentí que me hablaba como si fuera una adicta a la pastabase”.

Te has sentido como Nachi alguna vez. Has volado bajo y alguien te ha intentado subir el ánimo con un discurso muy positivo y luminoso, y pese a tener “buenas intenciones”, te ha generado todo lo contrario. Hasta quizá empeoró tu humor. La pregunta es por qué lo tomaste a mal, si fue un consejo de buena fe.

Esto ocurre cuando te hacen sentir culpable por estar mal; se ocupan más de darte consejos (que no te hacen mucho sentido) que de escucharte; no hay empatía.

Lo cual nos lleva a lo que llamamos sonrisas forzadas. Como no es agradable ver sufrir a otrxs, hay personas que tienden a forzar a otrxs a estar felices, porque pareciera estar mal que sufran. Por muy buenas intenciones que haya, lo mejor es validar las emociones y darles el espacio que necesitan. No sonrías si no quieres.

Nico: Tenía un jefe que me decía que podía hacer todo lo que quisiera si me lo proponía. Hacer deporte, trabajar e incluso responder dentro de mi casa. Yo vivo en los suburbios y tengo que ayudar económicamente en la casa. Me dijo que me comprara una bicicleta para ahorrar dinero y hacer ejercicio, él vivía en Providencia y vivía así.

Pero con mi sueldo, mis deudas y deberes toda la motivación se iba al tacho de la basura. No es que necesite plata para todo, pero cuando no consideran tus reales condiciones te ataca la ansiedad por querer hacerlo todo y ser, como dicen, exitoso.

El optimismo extremo puede ser un arma de doble filo: obviamente tiene un lado positivo. El optimismo nos hace tener expectativas. Lo problemático es cuando esas expectativas están muy alejadas de la realidad, generando frustración y culpa, sentimientos de fracaso y baja autoestima.

Esto va de la mano con la presión social de algunos mensajes, comúnmente difundidos por famosxs bajo el dogma de “nunca rendirse”, que no sólo intentan aplicar consigo mismxs, sino que presionan a otrxs a subirse al “carro de la nueva mentalidad” Karol Dance vibes. Es por esto que los coachings son también peligrosos desde una perspectiva psicológica.

En esa misma línea, son tóxicos los mensajes optimistas cuando producen una mercantilización de la felicidad.

Valeria Garce de Aprende Psicología, explica: “El optimismo extremo fomenta las compras y el consumismo. Es la base de mercado de los libros de auto-ayuda, muchas pseudociencias y el merchandising de tazas y camisetas con frases bienintencionadas del tipo: sonríe, es la solución a todos tus problemas. Es un anestésico barato y accesible, y a veces un producto más”.

Ignacio: “La otra vez le comentaba a una amiga que me encanta Billie Eilish, que me siento muy identificado con sus letras. Ella me respondió que no la soporta, que encuentra tóxico e infantil que sea tan emo, tan triste. Me dio rabia”.

Por otro lado está la negación e invalidación de emociones que son catalogadas socialmente como “negativas”.

“El discurso de la positividad extrema obliga a las personas a ponerse unas gafas de color rosa con las que solamente ven una parte de la realidad, la parte más dulce. A la vez, niega la cara “fea” de la realidad, emociones que no son tan agradables, como el enfado, la tristeza y el miedo”, explica Valeria.

Existe una errada convención social de que sentir pena y enojo está mal. Social e históricamente, a los hombres se les ha negado más la tristeza; a las mujeres el enojo. No hay que olvidar que el sufrimiento es una parte más de la vida, y las emociones menos agradables también tienen una función evolutiva. 

La causa de toda toxicidad, sea intencional o no, es la falta de educación emocional.

Los seres humanos vivimos procesos emocionales constantemente; podemos tener cuadros depresivos (que no es lo mismo que tener depresión) y lutos, o simplemente cumplimos ciclos emocionales, lo cual a veces genera estados de ánimo bajos que aparentemente son injustificados. Pero todo eso está bien, aunque quizá nos hayan enseñado que no es así.

Friendly reminder: las ganas no siempre son todo, el contexto importa. No todo el mundo puede ser un físico de la Nasa, y eso no le quita sentido a sus vidas.

Ahora las cosas son distintas y hasta existe una película infantil que nos enseña que todas las emociones son importantes e igual de válidas, pero parece que muchxs adultxs no la entendieron bien.

Recuerda que nadie puede invalidar tu tristeza, ni ninguna emoción que sientas. Eso sí es tóxico. Eso es no estar bien.

Porque en otras palabras: está bien no estar bien.